Regreso al Salem Express

13.07.2026

La noche del 14 de diciembre de 1991, el ferry Salem Express regresaba de La Meca rumbo a Egipto con cientos de peregrinos a bordo. En medio de una gran tormenta y a muy pocas millas de la costa de Safaga, chocó con un arrecife, hundiéndose en apenas veinte minutos.

Desde ese fatídico día, el Salem Express descansa en el fondo, no como un simple pecio, sino como una trágica historia que merece respeto.

El ferry, con más de 100 metros de eslora y 17 de manga, reposa sobre el costado de estribor entre los 15 metros, donde encontramos la hélice, y los 30, donde descansa la proa.

Era la segunda vez que buceaba en el Salem Express. No es el pecio más conocido del Mar Rojo y tampoco es el favorito de la mayoría de los guías egipcios. Se entiende perfectamente, ya que muchos estuvieron los días posteriores al naufragio colaborando con las autoridades en la extracción de los cadáveres que se llevó el ferry en el momento de hundirse.

Aunque la inmersión, no resulta complicada, ni requiere una preparación especial de equipo, sí exige las precauciones propias del buceo en pecios, donde podemos encontrar cables, hierros con aristas o espacios estrechos que deberemos atravesar si queremos recorrer todas las zonas accesibles.

No soy un apasionado de los naufragios, pero sí de las historias. Reconozco que un barco hundido me interesa más, cuanto más interesante es su historia. Al final no dejan de ser, en muchos casos, un amasijo de hierros esparcidos por el fondo con poco interés y que obliga a nuestra imaginación al trabajo extra de completar un puzle que el tiempo y el mar han ido descolocando. El resto, lo pone la historia que los acompaña.

En este caso, al Salem Express le acompaña una trágica historia que me infunde un enorme respeto a la hora de bucear en él, por esa extraña sensación de estar invadiendo un espacio en el que permanecen sumergidas más de mil historias de los pasajeros que no sobrevivieron.

Nuestro barco había amarrado justo encima de la proa del Salem. Los tres buceadores y el guía egipcio que nos acompañaría durante la inmersión, bastante más serios y callados de lo habitual en una situación así, nos lanzamos al agua y descendemos lentamente hasta poner rumbo a un gran hueco en el casco que comunica directamente con la zona de carga, donde, a los pocos metros, encontramos y reconocemos perfectamente parte de los vehículos que transportaba el ferry.

Continuamos el recorrido a través del enorme espacio que ocupaba la zona de carga situada en la parte inferior del barco. Cuando desaparecen los vehículos, a la luz de nuestros focos, como si despertaran de su letargo, aparecen desperdigados cientos de hatillos, maletas y bolsas que parecen intentar refugiarse de nuestras curiosas miradas, amontonándose y formando extrañas formas, quizá para no ser reconocidos y poder seguir protegiendo el relato que cada uno lleva consigo y que no quiere contar.

Detrás de cada inerte bulto hay una historia. Un hombre o una mujer. Quizá el abuelo o el niño que, a la fuerza, dejó de jugar con su pequeño coche amarillo que, por su aleatoria disposición, parece indicarnos amablemente la dirección de la salida.

Ya en el exterior, y tras una fuerte exhalación que expulsa la tensión contenida durante el recorrido por la zona de carga, nos dirigimos hacia la popa donde podemos ver las hélices. Antes, reconocemos en el fondo la compuerta que cerraba la zona de carga y que, con el fuerte golpe del casco contra el arrecife, debió desencajarse quedando apenas a unos metros de la entrada.

Vistas las dos hélices que propulsaban al ferry, continuamos hacia la cubierta y, siguiendo en dirección a la proa, nos adentramos en la zona del comedor, donde todavía se reconocen perfectamente las estructuras metálicas que formaban de las mesas.

Al ver esa imagen cuesta imaginar la sala apenas unas horas antes del naufragio, repleta de gente intentando cenar en medio de una tormenta que acabaría trágicamente con su viaje de regreso a casa.

De nuevo salimos y continuamos hacia la proa, encontrándonos por el camino una de las grandes chimeneas en la que, a pesar de estar semioculta por la colonización de diferentes organismos, todavía se distingue una inconfundible S mayúscula que parece querer recordarnos, con su lenguaje mudo, dónde estamos buceando.

La inmersión continúa atravesando el interior de la zona de mando del Salem Express, que nos conduce directamente hasta la proa, donde todavía puede apreciarse la causa del hundimiento. La proa, que se elevaba para permitir el acceso de los vehículos al interior del ferry, fue desplazada de su posición por el violento impacto contra el arrecife, abriendo una enorme vía de agua imposible de contener. En apenas veinte minutos, el Salem Express desapareció de la superficie, dando comienzo al trágico final.

En ese punto damos por finalizada la inmersión y comenzamos lentamente el ascenso hacia nuestro barco.

No me llama especialmente la atención sumergirme en pecios, pero sí hacerlo en historias, aunque en este caso sea una historia muy triste. Una historia que me pedía respeto incluso antes de sumergirme.

Era la segunda vez que buceaba allí y las emociones que recordaba volvieron a repetirse.

  • Esa extraña sensación de paz retenida por las paredes metálicas del casco del barco.

  • Intentar no acercarme demasiado a todo para no invadir el espacio de unas vidas que nunca conocí.

  • Y el evitar, de forma inconsciente, exhalar con fuerza para que ni siquiera las burbujas alteraran con su sonido ese extraño silencio que te acompaña mientras recorres la zona de carga.

Si me pregunto si volvería a bucear en Salem Express, al igual que hay otros pecios que tendría la respuesta clarísima, en este caso no estoy seguro de mi contestación.

Por un lado, si volviera a hacerlo, seguro que me fijaría en más detalles que se escapan cuando tienes tanta información que hace perder la concentración a tu curiosidad. Pero, por otro lado, despues de conocer la historia y haber estado allí, con la carga emocional que para mí tiene y esa sensación de estar invadiendo un espacio que sientes ocupado, no lo tengo claro.


Lo que si tengo claro es que en el Salem Express la historia supera al pecio.



Rafa Martínez

Share