BLANCO

Mi Mirada - Tiburón blanco, Carcharodon carcharias, solo el nombre impone respeto y fascinación. Dotado de una potencia excepcional y un instinto afinado, es uno de los depredadores más conocidos y el rey de las aguas templadas y costeras de casi todos los océanos del planeta.

Su forma de nadar —segura, poderosa, perfecta—, su mirada firme y oscura y su imponente silueta nos recuerdan por qué es uno de los seres más icónicos del océano.

El blanco tiene muy mala prensa entre el público general, por culpa del cine. Pero para todo amante de los tiburones es el top, el apex número uno de los océanos.

Tuve la oportunidad de bucear con él —en jaula— en Sudáfrica. La experiencia fue increíble: un animal que, incluso nadando despacio, desplazaba tanta agua a su paso que hacía balancear la jaula donde yo estaba… Y ese ojo negro, profundo, que no te pierde de vista en todo su recorrido, se queda grabado en tu cabeza.

Años después viajé a la isla Guadalupe, en el Pacífico mexicano. Este destino es famoso por su gran número de ejemplares de tiburón blanco y por ser objeto de estudios que buscan desentrañar algunos de los muchos misterios que rodean al rey del océano: aún hoy se desconocen sus rutas de migración o sus zonas de reproducción.

En mayo de 2025 —momento en el que escribo estas líneas— Guadalupe permanece cerrada al buceo, imagino que con la intención de proteger la zona. Aunque, sinceramente, el número de barcos que operaban allí era muy reducido, y las 22 horas de navegación desde la costa convertían este destino en un lugar muy poco accesible.

Soy un apasionado de los tiburones —está claro—, pero dentro de todos ellos, el blanco es especial. Es el único con el que no me han permitido bucear fuera de jaula. Aunque, viendo algunas fotos y vídeos que grabó una compañera desde la jaula de al lado (bajábamos en dos jaulas hasta los 15 metros), a veces uno sentía que estaba más fuera que dentro.

La experiencia fue muy intensa… En tres días, pasamos una media de 8 horas diarias en el agua. Si no estabas en las jaulas profundas que bajaban a 15 metros —a las que accedíamos por turnos—, podías estar en una jaula grande que se mantenía a 5 metros y en la que podías entrar siempre que quisieras.

Cada vez que veo las fotos —aunque no sean espectaculares, porque reconozco que no soy un gran fotógrafo— me devuelven las sensaciones vividas en aquel viaje. Ese cóctel explosivo de emociones que sentía: la paz que me genera estar bajo el agua rodeado de vida marina, combinada con la excitación indescriptible de tener delante a un animal tan impresionante. Por su tamaño descomunal, su forma de nadar que transmitía esfuerzo cero, su inquietante boca y esos dientes infinitos que te hacen entender perfectamente por qué Spielberg se inspiró en la novela de Peter Benchley para crear al "asesino perfecto".

Por eso, aunque ya he vivido dos encuentros inolvidables con él, siento que aún me queda uno por cumplir. Me gustaría cerrar el círculo buceando con el tiburón blanco en el tercer gran destino: Australia. Tal vez en 2026, para celebrar una fecha importante en mi calendario personal.

No se trata de coleccionar lugares, sino de honrar una promesa interna, cerrar una trilogía emocional que empezó en Sudáfrica, pasó por México… y, ojalá, encuentre su penúltimo azul en el otro lado del mundo.

Revelación - En la cúspide de la cadena trófica, no hay competencia. Solo equilibrio. El blanco no domina, regula. Su existencia marca el pulso del océano.

Desde el Azul - Cuando eres el mejor y el más fuerte, y ellos lo saben, no hace falta decir nada. Solo estar.

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