Donde empieza el viaje
En todos los destinos que he visitado, he podido disfrutar del
complemento de belleza natural que aporta el mar.
Ese gran azul que nos rodea cuando salimos en busca de especies
difíciles de ver. En ocasiones, para encontrarlas hay que recorrer muchas millas, a bordo de
pequeños barcos que, durante unos días, se convierten en nuestro hogar
flotante. Pero ese trayecto no es solo un medio: es parte del regalo.
El mar abierto te premia con salidas o puestas de sol inolvidables,
con islas diminutas que parecen surgir de la nada, o con construcciones
singulares como faros y fortalezas que ganan en belleza y misterio cuanto más
te alejas de la costa.
Porque en cuanto desaparecen las referencias humanas, empiezas a
intuir que estás entrando en un territorio distinto. Un lugar que ya no se mide con mapas ni con relojes.
Un lugar que solo puede llamarse OCEON.