TORO

Mi Mirada - El tiburón toro (Carcharhinus leucas) tiene una peculiaridad que lo convierte en una especie única: puede habitar tanto en agua salada como en agua dulce. Esa capacidad lo lleva a hábitats inesperados —estuarios, manglares, tramos altos de ríos— y, en ocasiones, a zonas muy próximas a núcleos habitados. Esa proximidad, unida a su fortaleza y temperamento, lo convierte en una especie impredecible y potencialmente peligrosa para los humanos que habitan o frecuentan esas aguas turbias, donde el encuentro puede ser accidental y el reconocimiento visual nulo.

Su distribución incluye las zonas costeras tropicales y subtropicales de todos los océanos, incluyendo sus estuarios, deltas, ríos y lagos conectados con el mar (como el lago Nicaragua o el Amazonas).

Mi primer encuentro con ellos no llegó a suceder. El destino era Fiji, en 2016, un lugar emblemático para observar tiburones toro en todo su esplendor. Pero fue también el momento en que comenzaron mis problemas de salud. Y el viaje —como tantas otras cosas— tuvo que posponerse. Años después, pude por fin cumplir esa promesa pendiente. Y aunque es un sitio donde se practica feeding (y esta no es la sección donde voy a entrar en ese debate), lo cierto es que la experiencia fue extraordinaria.

Allí no solo hay toros. Compartes agua con tiburones limón, puntas blancas de arrecife, nodrizas, puntas negras e incluso, en ocasiones, algún tigre. Todo ello enmarcado por bancos de peces oportunistas y enormes meros. La escena, más que una inmersión, parece un cuadro vivo… pero con una carga de estímulos brutal. No solo por los toros. Por todo. La cantidad de información que quieres procesar. Lo que se mueve. Lo que no ves. Lo que imaginas. 

Los equipos del centro controlan todo, pero tú estás ahí, respirando hondo, observando a pocos centímetros la potencia de su mandíbula. Y te das cuenta: en un río con aguas turbias, si alguien me dijera que hay toros… no me encontrarías cruzándolo a nado. 

A veces me preguntan si tengo miedo bajo el agua. Si me asustan los tiburones, las barracudas, las morenas… Siempre respondo lo mismo:  "No. Al contrario. Me encanta compartir el medio con ellos. Las sensaciones son muchas. Pero ninguna se parece al miedo".

Eso sí, jamás nado en la superficie en zonas donde buceo. Y tengo mis razones. Vienen de 1994, de mi primer viaje fuera de España, buceando con mi club en la isla del Faraón (Egipto). Estábamos a unos 15 metros de profundidad. Sobre nosotros, un banco de barracudas enormes, inmóviles en la corriente. Y más arriba, turistas flotando con chalecos, sin máscara, chapoteando despreocupados… sin tener ni idea de lo que había bajo sus pies.

Ese día decidí que, al igual que él me veía a mí… yo también quería ver al océano.

Revelación - Capaz de cambiar de agua. De adaptarse. De sorprender.

Desde el azul - Hay tiburones que no conocen fronteras. Ni dulces ni saladas.